AEROPUERTOS
A pesar de lo que su nombre propone, no son puertos que vuelen; son nidos de aves y de hombres. A veces un avión se equivoca, al aterrizar, y se produce una catástrofe. Como en los días de niebla, una paloma, medio ciega, desciende sobre el borde de la calle, atropellando otra, que protesta, y durante un rato, hay un escándalo de palomas. La condición imprescindible de los aeropuertos es tener el suelo encerado, brillante, para que los niños puedan deslizarse, de un extremo al otro (que ellos llaman ciudades), de modo que mucho antes de subir al avión ya han realizado el viaje.
Hay adultos que sueñan a menudo con aeropuertos; aman la sensación de mundanidad que tienen en él, el arrullo de los parlantes que anuncian vuelos, el hecho de ser mecidos por las alas de un avión que los traslada casi imperceptiblemente. Otros aman los aeropuertos porque les gusta sentirse suspendidos entre una ciudad y otra, entre un horario y otro diferente, la sensación de no haber partido aún definitivamente, ni haber llegado, tampoco. Algunos, quedándose, sueñan que pueden escapar.
Otros aman el instante de premonición, en el aeropuerto, cuando las incertidumbres se convierten de pronto en certezas y, entre la niebla perpleja de los visores, un punto de luz lejano parece el futuro.
El que se queda suele experimentar una sensación de vacío; el que se va, de frustración; es entonces cuando el viajero y el que se queda miran el aeropuerto y comprenden que es una isla.
Otros, que aman el peligro, prefieren los aeropuertos porque en ellos siempre estamos a punto de perder algo. Los hay que llegan a último momento, olvidando promesas y maletas; dan la sensación de ser livianos, de que al subir al avión se desprenderán del pasado, como de un abrigo gastado. Los hay, en cambio que llegan al aeropuerto tiempo por delante: somnolientos, como bajo el efecto de una droga suave, habitan en el aeropuerto como si fuera un útero materno: estiran las piernas, bostezan, sonríen beatíficamente, fuman lentos cigarros, leen revistas, miran hacia fuera a través del vidrio. Todo lo cual no quiere decir que suban a tiempo al avión: la espera ha sido tan placentera que con frecuencia, adormilados, prefieren quedarse en un sofá del aeropuerto, mullidos, oyendo a lo lejos, el zumbido del vuelo, la voz maternal de las azafatas que repiten monótonamente cifras y nombres.
Adaptado de Cristina Peri-Rossi, el museo de los esfuerzos inútiles
En el texto, el significado correcto de la expresión ser mecidos por es